Plato y cuchara

La luna llena llega y hace eco
en la hoguera que encendimos
en el centro de la plaza.
Casi nos mira con envidia:
por una vez que sea ella
quien lo haga,
quien mire hacia abajo.

A ras de tierra
hay un corro de cuerpos y de rostros
donde el fuego despliega su baile
lento
o apresurado.

Hay quien salta sobre las llamas:
llevan futuros amarrados en la frente;
en los tobillos, llevan plumas
y al remontar la hoguera
es difícil distinguir qué parte es salto
qué parte es vuelo.

La luna llena lleva varias horas
mirándonos.
Alguien trajo una olla desbordante de noche:
hasta la luna se asomaba por el borde.
Cada cual trajo lo poco que tenía
y resultó que teníamos bastante
y la noche se fue haciendo espesa y caliente
y generosa.

La luna llena lleva tantas horas
mirándonos
arrancando a duras penas algún destello
del alambre de espino que nos rodeaba la piel
y ahora yace derrotado en una esquina

y la gente canta y baila y ríe y besa
compartimos el plato y la cuchara
y trenzamos nuestras voces y las hacemos fuertes
tanto que llegan a la luna llena
que nos observa
casi con envidia.

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