El autobús

ya ha llegado el frío
como una epidemia:
hasta los autobuses estornudan

se contagian las bufandas y los gorros
los ojos rojos, llorosos,
la nariz húmeda y los labios secos
y los suspiros blancos que se deshacen en el aire
y las manos en los bolsillos
juguetean con las llaves y pensamos

cuánto nos ha costado hoy salir de la cama

porque el capitalismo ya nos pesa todo el año
pero el frío
también se contagia
y la pereza
y envolverse en la manta
y los cinco minutos más que son como virus replicándose en la pantalla del móvil

nos levantamos
durmiendo todavía
como una casa medio en ruinas
con el café apuntalándonos los párpados

tal vez
esa sea
la mejor descripción de mí mismo
bajando de la línea 34
el día que aquel autobús
me estornudó en la cara y me salpicó con todas sus babas

y yo no sé qué pasó
si a ese autobús le había picado una araña radioactiva
o si era un proyecto secreto del gobierno pero
me dio superpoderes de autobús

no penséis que mi vida cambió para siempre
son superpoderes modestos,
urbanos,
a ras de suelo,
nada de volar o luchar contra el crimen
me sigo levantando para ir a trabajar
y me sigue costando levantarme

pero ahora
tengo un poco más presente
de dónde vengo y hacia dónde marcho

y sé que recorrer una y otra vez las mismas calles
no tiene nada de malo
que cada día cambia algo y algo se repite
y así voy haciendo mi casa

y he aprendido a llevar mucha gente dentro de mí
a apretarla si es necesario para que quepa
para no olvidarla

y a mirar por el espejo antes de cerrar la puerta
porque no se puede saber
cuánto necesita esa persona que corre tanto
coger este autobús y no el siguiente

pero también a avisar de que esta vez la línea
no va a llegar hasta donde tú quieres
que llevo todo el día aquí en la calle
y ya me estoy recogiendo

son superpoderes pequeños,
de ser algo más consciente
del mundo en que habito;
son superpoderes pequeños,
de ser un poco mejor persona;
son superpoderes pequeños
del tamaño exacto que yo quería.